Observé el angustiado e inerte rostro de
mi padre, el Faraón; lleno de pústulas blanquecinas a punto de estallar en
miles de gotas enfermizas.
A su alrededor, un escuadrón de
serpientes asesinas amenazaban con morder o escupir e incluso atravesar como
flechas en llamas su dolorido y maltrecho cuerpo lacerado y dormido, tendido
entre escombros llameantes de lo que antaño había sido nuestro amado, adorado y
glorificado palacio.
Un grupo de batracios croaron al unísono y
estridentemente a nuestro alrededor uniéndose al zumbido quejumbroso e
insoportable de millones de insectos y langostas asesinas que devoraban todo a
su paso; y que sin lugar a dudas, se acercaban a nosotros irremediablemente.
Comencé a recordar la maldición de
aquella vieja nubia, que pastoreaba sus cabras cuando mi padre decidió que su
preciosa hija sería su nueva concubina.
No pude si no quedarme allí de pie,
petrificado y confundido; rodeado de fuego, escombros, gritos, sangre y
oscuridad.
A mi alrededor, varias esclavas
caminaban desorientadas y descalzas; apenas cubiertas con sucios harapos
ensangrentados y roídos.
Las concubinas, dirigidas por aquella
nubia, desencadenante de aquellas desgracias, huían en pos de la anhelada
libertad; no sin antes echar una última y desdeñada mirada hacia lo que hasta
entonces había sido su única esperanza de vida: el Faraón, el dios viviente.
Recordé la maldición de aquella
cabrera nubia. Faltaba aún algo terrible que debía pasar. La muerte de su
primogénito.
Pronto desperté bañado en sudor y
lágrimas, y di gracias a Ra por haberme devuelto con sus rayos al siglo veinte.
(Este texto está publicado también por mí en Ciao)
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